Si hay algo que se disfruta en la
capital belga, además de pasear, es comer. Y los estímulos son permanentes,
especialmente de gofres, patatas fritas y bombones.
En Bruselas es casi imposible
caminar unos minutos sin encontrarse con el irresistible olor de un gofre
recién hecho. Crujientes por fuera y tiernos por dentro, se sirven solos o
cubiertos de azúcar, chocolate, nata, fruta o caramelo. Comer uno mientras se
pasea por las calles del centro es casi un ritual para los turistas.
Otro clásico inevitable en el
paseo son las patatas fritas belgas. Doradas, crujientes y servidas en
cucuruchos de papel con distintas salsas, forman parte del paisaje urbano de
Bruselas. Hay pequeños puestos por toda la ciudad donde siempre parece haber
cola, señal de que algo bueno se está cocinando. Lees y ves que en Bélgica las
patatas fritas son casi una institución nacional. Los belgas defienden
orgullosamente que nacieron en allí y se toman muy en serio el asunto
Y, por supuesto, hablar de
Bruselas es hablar de chocolate. Los escaparates de las chocolaterías parecen
auténticas joyerías llenas de bombones cuidadosamente colocados. Otras tiendas
parecen museos del dulce, con escaparates elegantes y bombones perfectamente
alineados como pequeñas joyas. Pasear frente a esas vitrinas es una auténtica
tentación. Los bombones belgas tienen fama mundial. Los hay rellenos de
praliné, crema o licor, elaborados con una delicadeza casi artesanal. Entrar en
una chocolatería de Bruselas es toda una experiencia para los sentidos.
El aroma del chocolate se mezcla
constantemente con el de los gofres y las patatas fritas en el centro de
Bruselas. Bruselas se pasea con la vista… pero también con el olfato. Placeres
sencillos y populares




































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