viernes, 24 de abril de 2026

Volvemos a Bruselas











































































Maite piensa que Bruselas es una ciudad horrorosa; y quizá tenga razón, pero ¿qué gran ciudad no lo es cuando sales de lo que más la caracteriza? Y en Bruselas tenemos la Grand Place, como una respuesta luminosa a cualquier prejuicio apresurado.

Allí, en pleno corazón de Bruselas, la ciudad parece recordar quién es realmente. La piedra deja de ser gris y se vuelve dorada cuando cae la tarde, los edificios dejan de ser simples fachadas para convertirse en relatos esculpidos, y el ruido urbano se transforma en murmullo de gentes de todos los lugares

La Grand Place despliega su belleza con una seguridad casi arrogante. Los antiguos gremios, con sus fachadas ornamentadas, parecen competir entre sí en elegancia, mientras el Ayuntamiento se alza como si aún vigilara el pulso de la ciudad.

Quizá Maite tenga razón si te pierdes por calles sin rumbo. Pero basta con doblar una esquina para que la plaza aparezca de nuevo y entender que Bruselas no necesita ser perfecta.  A algunas ciudades les basta con tener un lugar como este. Como a Zaragoza el Pilar o la Seo. Bueno, también la Aljafería, el puente de piedra o el Tubo...

Porque hay ciudades que se explican solas, y otras, como Bruselas, que necesitan un lugar preciso, para reconciliarse contigo.

Pero Bruselas no se agota en esa postal perfecta que es la Grand Place. Sería injusto reducirla a una sola plaza, por muy deslumbrante que sea.

Fuera del casco histórico aparece el Atomium, esa estructura imposible que parece más un sueño de ciencia ficción que un edificio real. Nueve esferas gigantes conectadas por tubos metálicos. Desde arriba, Bruselas se ve distinta.

Y luego está el Parque del Cincuentenario, con su arco triunfal imponente y sus amplias avenidas que parecen diseñadas para recordar que aquí también hubo ambición imperial. Pero hoy el parque ya no impone, más bien invita: a correr, a pasear, a tumbarse en la hierba entre museos y estudiantes.

Y entre monumentos, parques y fachadas, Bruselas revela su verdadero carácter: el mestizaje. No solo arquitectónico, sino humano. Es una ciudad donde conviven idiomas, acentos, cocinas y costumbres sin mucho orden ni concierto, por mucho que sea la capital de Europa.

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