viernes, 24 de abril de 2026

Por Bruselas. Detalles de la Grand Place

 

























Una vez contemplada la Grand Place hay que descifrarla. La mirada no sabe dónde detenerse. Cada fachada compite con la de al lado en una exhibición casi desbordante de ornamentos, relieves y esculturas que convierten el conjunto en un conjunto arquitectónico único.

El dorado es el gran protagonista. No son simples detalles, es todo o un lenguaje visual que recorre cornisas, capiteles, escudos y figuras alegóricas, que cambian de brillo y tonalidad conforme lo hace la luz del día. Como el artista de las pompas. Mientras los edificios despliegan su riqueza ornamental en cornisas, relieves y figuras que brillan con la luz de la tarde, el artista ambulante vestido de oro parece prolongar ese mismo lenguaje, pero en movimiento.

Gran parte de esta riqueza decorativa se debe a la reconstrucción de finales del siglo XVII, tras el bombardeo de 1695. Los gremios que levantaron de nuevo sus casas quisieron dejar una huella visible de poder, identidad y orgullo profesional. Así, cada edificio presenta su narrativa contándonos quiénes eran sus propietarios, a qué se dedicaban o qué lugar ocupaban en la sociedad.

El resultado es una acumulación deliberada de detalles que roza lo excesivo, pero con una armonía que equilibra la profusión decorativa con la proporción arquitectónica. El dorado, lejos de saturar, actúa como hilo conductor, unificando estilos y épocas en una sola experiencia visual.

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