Una vez contemplada la Grand Place hay que
descifrarla. La mirada no sabe dónde detenerse. Cada fachada compite con la de
al lado en una exhibición casi desbordante de ornamentos, relieves y esculturas
que convierten el conjunto en un conjunto arquitectónico único.
El dorado es el gran
protagonista. No son simples detalles, es todo o un lenguaje visual que recorre
cornisas, capiteles, escudos y figuras alegóricas, que cambian de brillo y
tonalidad conforme lo hace la luz del día. Como el artista de las pompas. Mientras
los edificios despliegan su riqueza ornamental en cornisas, relieves y figuras
que brillan con la luz de la tarde, el artista ambulante vestido de oro parece
prolongar ese mismo lenguaje, pero en movimiento.
Gran parte de esta riqueza
decorativa se debe a la reconstrucción de finales del siglo XVII, tras el
bombardeo de 1695. Los gremios que levantaron de nuevo sus casas quisieron
dejar una huella visible de poder, identidad y orgullo profesional. Así, cada edificio
presenta su narrativa contándonos quiénes eran sus propietarios, a qué se
dedicaban o qué lugar ocupaban en la sociedad.
El resultado es una acumulación
deliberada de detalles que roza lo excesivo, pero con una armonía que equilibra
la profusión decorativa con la proporción arquitectónica. El dorado, lejos de
saturar, actúa como hilo conductor, unificando estilos y épocas en una sola
experiencia visual.





















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