Construido para la Exposición
Universal de Bruselas de 1958, el Atomium representa una célula de hierro
ampliada millones de veces. Y ahí lo encontramos alzándose contra el cielo
limpio de Bruselas como una estructura imposible, transmitiendo el optimismo de
una época que creía firmemente en el progreso, en la ciencia y en el futuro.
Desde abajo, sus enormes esferas
metálicas reflejan el mundo de una forma distorsionada, fragmentada, curva,
multiplicada. Una estructura pesada, sólida, pero al mismo tiempo parece
ligera, casi flotante. Las esferas parecen suspendidas en el aire, unidas por
tubos que recuerdan a conexiones invisibles. Líneas que se cruzan, volúmenes
que se repiten, reflejos que cambian según te mueves.
A diferencia de otros monumentos
históricos, el Atomium no mira al pasado, sino a lo que pudo ser el futuro. Y,
sin embargo, hoy se ha convertido en un símbolo atemporal de Bruselas, tan
reconocible como cualquier edificio clásico.










































