El sol ha caído limpio sobre
Zaragoza, como si también él celebrara la Resurrección. La ciudad no echa de
menos el frio y el viento de estos días de Pasión, y como cada Domingo de Resurrección
despierta distinta. Mañana luminosa, como el Vía Lucís representado a lo largo
de la greca del Cristo Resucitado. Cristo, erguido y sereno, sobre un mar de
flores naranjas, que aportan color y vitalidad, subrayando el carácter festivo
de este día, avanza solemne con los brazos abiertos en un gesto que parece
abrazar a la ciudad tras el encuentro glorioso con su Madre, una celebración
que cierra la intensidad de la Semana Santa con un mensaje de alegría y
renovación. Un abrazo a Pedro Elipe que no pudo realizar el
Mantillas blancas, claveles
blancos, la primavera entre los dedos, caras descubiertas de terceroles avanzan
alegres hacia el fin de las procesiones.
“… y todo comienza de nuevo…”
como decía el lema del cartel de este año que despedimos. El cartel con la
Virgen de la Esperanza como protagonista, como también lo es hoy. La Esperanza,
la virtud teologal que sostiene al creyente cuando aún no ve la luz, pero sabe
que llegará. El ciclo que se repite cada
año, la renovación espiritual y simbólica asociada a la Semana Santa que
ponemos fin.
Hermandad de Cristo Resucitado.
Inicio y fin de este año. Y durante este nuevo ciclo que empieza nos
acordaremos de ese pregón tan especial organizado por la Resurrección, y ese
frio y cierzo que no quiso perdérselo. Ni el pregón ni el resto de las
procesiones.
Procesiones con cambios de
recorrido, con estandartes tumbados, con pasos que no pueden cruzar el Ebro o
que regresan a la iglesia nada más salir.
Con castañuelas y bailes
flamencos entre mantillas en Valdefierro. Con saetas y jotas desde balcones y
petaladas que ya no son exclusivas de la Humildad. Como tampoco lo es la
estación de penitencia con entrada en la Seo, que también lo hace ya la
Eucaristía.
Con el nuevo paso del “enclavamiento”
para la cofradía de la Crucifixión, la gran noticia de este 2026, pero con el
deseo de que “la lanzada” no se quede en el olvido de un garaje o de un futuro museo.
Y un aumento de números de
participación, algunos de récord en la mayor parte de las cofradías. Con
tambores, muchos tambores en el Descendimiento, en la Columna, en el
Prendimiento, en el Calvario… Y las carracas de la Entrada cumpliendo 60 años;
y las matracas y las heráldicas señas de identidad que se mantienen en el Ecce
Homo y en el Silencio. Sintiéndonos cautivados por una banda de música
interpretando “Semana Santa en Zaragoza”, por la vibrante partitura de una
banda de cornetas y tambores o por el recogimiento interior de un miserere de los
Ministriles. Y velas, cada vez más velas y mantillas en la Piedad.
Porque Zaragoza volvió a
encontrarse en sus calles, fiel a la tradición y abierta al relevo; con la
emoción intacta de siempre y el pulso renovado de quienes llegan. Una Semana
Santa de tradición para unos, de sentimiento para otros, de patrimonio para
todos, pero sobre todo de fe, que deja pétalos en el suelo, ecos de tambor en
la memoria y la certeza de que, cuando vuelva la primavera, la ciudad sabrá
otra vez cómo latir al mismo compás.
“… y todo comienza de nuevo”


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