Elia sacó el teléfono, abrió la
aplicación y miró el mapa del futuro eclipse. Comparó la posición del sol de
ese atardecer con la que tendría el sol el día 12. Desde aquí se verá. ¿Y
dentro del pantano?
Mete las gafas especiales en una
bolsa impermeable, se puso el arnés y se deslizó sobre el agua.
Movió un poco la tabla hacia la
izquierda, luego un poco más hacia el centro del embalse. Midió con la mirada
la altura de los árboles de la orilla opuesta. Ahora el sol se hundía despacio
detrás de la línea de árboles. El cielo se había vuelto de un naranja profundo,
y se quedó inmóvil, calculando de nuevo si desde ahí la totalidad del eclipse se
verá al completocompleta. No era el día todavía pero el embalse ya le había
confirmado lo que necesitaba saber: Desde el agua se vería perfecto.
Guardó el móvil, dio una última
brazada suave y dejó que la tabla girara sola, mirando cómo el sol se
desvanecía. Catorce días y Elia ya tenía su sitio reservado.

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