En la primera el pasado y
presente se dan cita en un mismo instante. Si hay algo especial que distingue nuestra
Semana Santa es la “Vela en el Monumento”. El Santísimo Cristo de la Cama recibe
la adoración de fieles y cofrades durante todo el día, siempre velado por dos
hermanos receptores y acompañados por dos miembros de la guardia romana.
El hermano receptor, con
expresión seria, introspectiva, parece observar con una sobriedad casi
monástica, sintiéndose custodio y protagonista durante tres días de un amplio ceremonial
que continuará mañana con el Santo Entierro y se cerrará con la vela del Santo
Sepulcro el Sábado Santo.
El romano, guardián simbólico que
representan la autoridad, la vigilancia y el papel que desempeñaron los
soldados romanos en los episodios de la tradición cristiana, representando el
poder terrenal frente al drama espiritual que conmemoramos.
Y junto a ellos, el Cristo de la
Cama. Tres figuras cargadas de significado histórico y devocional que tenemos
que saber transmitir por la importancia que tiene esta representación que en Zaragoza
se vive con intensidad generación tras generación.
Pasamos a la segunda postal, la
procesión vista desde un balcón parece otra cosa. En otras ciudades los
balcones están muy cotizados, hasta se alquilan para procesiones o encierros. En
Zaragoza están vacíos la mayoría de ellos. Apoyado en la baranda, uno descubre
detalles que desde abajo se escapan. Vemos pasar la Coronación de Espinas. El
leve temblor de los cirios de la peana, el esfuerzo de los que la cargan y con su
vaivén convierte el peso en ritmo de jota que están convirtiendo “la estación”
en las puertas de San Cayetano en espera obligada. Desde arriba el sonido de tambores
y cornetas llega distinto. Los bombos parecen respirar retumbes que suben por
la fachada y se cuelan entra las barandillas como si se suspendieran unos
segundos entre redobles y baquetazos.
No se les ven los ojos a los
cofrades desde esa altura, son más filas de silencio que desde la acera, pero
sabemos que todo cabe bajo un capirote: promesas, cansancio, costumbre heredada,
rezos o simplemente fe.
El balcón se convierte en un
mirador hacia algo más profundo. No formas parte de la procesión y, sin
embargo, te sientes en ella. Estás fuera y dentro a la vez.
Quizá por eso entristece alzar la
vista y encontrarse con balcones vacíos. En calles como Alfonso y
Manifestación, las fachadas se convierten en un continuo de huecos sin mirada,
como si faltara una parte del rito. Desde una balconada no solo se observa: se
acompaña, se sostiene en silencio lo que sucede abajo. Y con esos balcones desiertos,
la escena pierde otra manera de participar en la procesión.
La tercera postal es obligada en
el Jueves Santo de 2026; el estreno en procesión del paso del “Enclavamiento”
por la Crucifixión” celebrando su 75 aniversario. No es solo una novedad; es la
sensación de estar asistiendo a un momento que, con el tiempo, dejará de ser
nuevo para convertirse en parte de nuestra historia.
Antes de salir el paso pertenece
a la cofradía, pertenece a quienes lo han hecho posible. Pero en cuanto pisó la
calle saliendo por la puerta de la iglesia de San Antonio, en cuanto comienzan
a sonar los redobles de tambores y los instrumentos de la Banda de Guerra de la
Brigada Aragón I algo cambia. Deja de ser solo suyo para pasar a ser patrimonio
de la Semana Santa y sus gentes. Alguien
dirá dentro de unos años “yo estuve allí el primer día”, y esa frase tendrá el
peso de lo vivido.
Hoy esta procesión, que desde
hace poco tiempo tiene el nombre de la de “las Llagas”, genera una curiosidad
distinta. Las miradas más atentas, los móviles que se levantan, los fotógrafos intentando
captar el mejor ángulo, los comentarios compartidos en voz baja y no tan baja,
que no todo el mundo es discreto). Una forma de mirar que mezcla admiración y
juicio, como si todos quisieran encontrar en ese nuevo paso su lugar dentro de
la tradición del Santo Entierro
La última postal muestra una
escena cargada de simbolismo En el interior de la iglesia de San Pablo un grupo
de hombres, algunos, conocidos cofrades, avanza lentamente, muy juntos, en fila
compacta, con las manos apoyadas en los hombros del compañero de delante. Gestos
y posturas que indica una coordinación no ensayada, pero ya vivida, un esfuerzo
compartido y, sobre todo, un fuerte sentido de comunidad. Lo que se necesita
para sacar a la calle los pasos de la cofradía del Silencio, salvando las
escaleras y el desnivel existente entre las naves de la iglesia y la calle.
Nadie dirige o guía la maniobra; no
hay una organización precisa detrás de este acto. Tan solo ganas, esfuerzo y
devoción. No es simplemente mover una carroza; es participar en un ritual que
tiene un significado espiritual y cultural para muchos de los protagonistas que
acuden allí año tras año al finalizar los oficios del Jueves Santo. Una suma de
esfuerzos que se coordina para sostener literal y simbólicamente una herencia
cultural y espiritual. La solemnidad del momento crea una atmósfera casi
reverencial. Todo invita al silencio, al respeto y a la emoción contenida, como
todo lo que ocurre en esta iglesia de San Pablo.
Ya lo decía una frase del Pregón:
“esfuerzo generoso de quienes hacen posible que cada procesión salga a la
calle con dignidad y sentido. Entrega silenciosa, responsabilidad compartida de
mantener viva una tradición que no se sostiene sola, sino gracias a muchas
manos y muchos corazones. Y cuanto tenemos que agradecer que haya así cofrades
entre nosotros.”
Ha habido otras postales, y
seguramente tu elegirías otras entre las 17 procesiones del día de hoy. Continuando con el Pregón cuando decía sobre nuestra Semana Santa que no tiene una única manera de
vivirla porque “es la suma de miradas distintas, de vivencias personales, de
formas diversas de acercarse a un mismo misterio”. “Porque no todos la sentimos
del mismo modo, ni nos gusta todo ni lo mismo, pero todos la reconocemos como
nuestra. Un mosaico de motivaciones que no vivimos igual, pero que la seguimos
construyendo y nos gusta compartir”.
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