“Dando guerra desde 1978”. El
chaval, que debe ser aspirante a peñista adulto, pues, como si fuera de
paisano, ahí va sin pañoleta ni tocinera, sujeta el mástil con las dos manos, haciendo
méritos, como si llevara el alma de la peña. Detrás, una marea de peñistas, con
sus uniformes de gala, camisetas blancas y pañuelos azules avanza al ritmo que
marca la charanga: trompetas desafinadas de puro entusiasmo, bombo que marca el
paso de una procesión profana, y canticos que se mezclan con las risas.
En las Fiestas del Pilar las
peñas le roban a la gran ciudad su aire de capital y la convierten, por unos
días y a ratos, en un pueblo enorme. Y la gente se para, se une, se deja
arrastrar. Un grupo de adolescentes se engancha al final de la fila y empieza a
corear lo que la charanga esté tocando. La charanga es el corazón. No es
orquesta sinfónica ni música de escenario. Toca pasodobles que saben a verbena
y jotas que se convierten en canciones de marcha. Ahí va Santiago, megáfono en
mano cantando “la palomíca” y “los labradores”. O esos temas que solo existen
en la peña y que nadie más entiende, pero que todo el mundo termina cantando.
Pero tambien suena el “Despechá” Rosalía,
el “Quedate “de Quevedo, ”Mi gran noche” de Raphael o “la bulería” de Bisbal…
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