domingo, 26 de abril de 2026

Por Bruselas: El Atomium




































Construido para la Exposición Universal de Bruselas de 1958, el Atomium representa una célula de hierro ampliada millones de veces. Y ahí lo encontramos alzándose contra el cielo limpio de Bruselas como una estructura imposible, transmitiendo el optimismo de una época que creía firmemente en el progreso, en la ciencia y en el futuro.

Desde abajo, sus enormes esferas metálicas reflejan el mundo de una forma distorsionada, fragmentada, curva, multiplicada. Una estructura pesada, sólida, pero al mismo tiempo parece ligera, casi flotante. Las esferas parecen suspendidas en el aire, unidas por tubos que recuerdan a conexiones invisibles. Líneas que se cruzan, volúmenes que se repiten, reflejos que cambian según te mueves.

A diferencia de otros monumentos históricos, el Atomium no mira al pasado, sino a lo que pudo ser el futuro. Y, sin embargo, hoy se ha convertido en un símbolo atemporal de Bruselas, tan reconocible como cualquier edificio clásico.


 

Por Bruselas: La Place du Jeu de Balle.

 






















Está en el barrio de Marolles y esta plaza es famosa porque todos los días hay un mercadillo de antigüedades y objetos de segunda mano donde encontrar de todo:  muebles antiguos, vinilos, libros, vajillas, curiosidades… y mucho zarrio.

Tiene un ambiente muy auténtico, donde se mezclan coleccionistas, vecinos del barrio y curiosos que simplemente paseamos entre puestos.

La Place du Jeu de Balle despierta temprano. Mucho antes de que la ciudad se desperece del todo, los vendedores ya están montando sus puestos, desplegando mesas llenas de objetos que parecen haber tenido muchas vidas. Aquí no hay escaparates perfectos ni vitrinas elegantes como en la Galería Reales. Todo está al alcance de la mano, mezclado, caótico

Llegar temprano tiene algo especial. Los vendedores aún están colocando sus tesoros, los primeros curiosos se acercan con mirada experta porque es el momento en el que  es posible encontrar una pieza única, descubrir un objeto extraño o simplemente dejarse llevar. Porque aquí no se viene solo a comprar. Se negocia, se pregunta, se toca. Y a veces, simplemente, se sonríe y se sigue caminando. Se viene a mirar.

Entre los puestos aparecen viejos relojes que ya no marcan la hora, fotografías de desconocidos que te observan desde otro tiempo, vajillas que han vivido más comidas de las que podríamos imaginar, figuras religiosas, cuadros…objetos con una historia que ya nadie recuerda ni reclama.