Las reseñas bibliográficas van a
ser constantes en las “cartas” de esta Cuaresma, pues llevamos unos meses prolíficos
en presentaciones de libros, y eso es algo que merece celebrarse y compartir,
pues nos enriquece a todos. Nuestra Semana Santa sigue generando temas sobre
los que tratar, ámbitos sobre los que escribir, historias por conocer.
Hay que valorar todo el esfuerzo
que hay tras cada publicación y la generosidad por querer compartir el conocimiento,
abrir puertas a nuevas ideas y de crear espacios donde el diálogo y el
aprendizaje generarán nuevos proyectos. Cada presentación ha sido una
oportunidad para descubrir algo nuevo y, sobre todo, para disfrutar de los
presentadores y de los autores. Cada presentación nos ofrece un pequeño esbozo
de esto; a veces resultado de un trabajo individual, las más de las veces, de
un trabajo colectivo
En septiembre de 2024 Wifredo Rincón no presentaba un libro más, no. Presentaba la obra a la que ha dedicado parte de su vida intelectual e investigadora y que lleva por título El escultor Antonio Palao. 1824-1886. Un soberbio colofón en el bicentenario del nacimiento del artista de Yecla, al que ya en 1984 dedicó un primer estudio, con el mismo título, editado en formato bolsillo. Cuarenta años después, presenta un cuidado volumen de gran formato, con fotografías a color y amplia documentación a lo largo de 317 páginas.
En el apasionante mundo de la
escultura, hay nombres que merecen ser preservados para que no caigan en el
olvido, y Antonio Palao es, sin duda, uno de ellos, especialmente entre los
apasionados del arte cofrade zaragozano. Seguramente, si tú eres hermano de la
Piedad, o conocedor del patrimonio artístico de la Hermandad de la Sangre de
Cristo, sobran estas palabras, pero no está de más seguir divulgando autores
tan nuestros, aunque sea murciano, cuya obra merece ser recordada.
Gracias a la labor minuciosa del investigador, académico y cofrade Wifredo Rincón, hoy podemos acercarnos a la vida y obra de este extraordinario artista a través de una obra que promete convertirse en referencia para los amantes del arte del siglo XIX, especialmente en la ciudad de Zaragoza, y más si eres cofrade.
Antonio Palao dejó un legado que abarca desde piezas religiosas, las cuales encontramos en el Pilar, en San Cayetano… hasta trabajos civiles (el monumento a Pignatelli, la fosa común...) y ornamentación monumental (relieves desaparecidos en la fachada de la Diputación, o la Casa de la Misericordia), con una habilidad y sensibilidad artística que trasciende su época con un dominio de la técnica y una expresión profunda cargada de espiritualidad. Fue el gran escultor de la Sangre de Cristo en la segunda mitad del siglo XIX; y solo la fatalidad, junto a los deseos de alguna cofradía por tener su propia imagen, le impiden ser en la actualidad el principal escultor del Santo Entierro zaragozano, en disputa con Llovet, si contáramos con el paso de la Entrada de Jesús en Jerusalén, desaparecido tras un incendio o la Virgen Dolorosa (increíble y misteriosa talla) junto a la Piedad y la greca de la Cama de Cristo.
El libro de Wifredo Rincón también nos sumerge en el contexto histórico y artístico en el que desarrolló su labor. Cada página es el resultado de una investigación rigurosa y apasionada, que nos invita a descubrir los detalles de las esculturas, los encargos y las historias en torno al escultor.
El volumen presenta dos partes. La primera contiene la trayectoria vital y artística de Palao desde su nacimiento hasta su llegada a Zaragoza en 1851. La segunda su vida y su obra en nuestra ciudad, donde dejó un importante legado escultórico, hasta su fallecimiento en 1886. Se completa con un catálogo abreviado y la bibliografía utilizada para el estudio.
Y una curiosidad. En Zaragoza, el libro se presenta, con una clase magistral de Domingo Buesa en San Cayetano, y una portada con una magnífica foto del rostro de la Piedad zaragozana. En Murcia la portada se dedica a la Virgen de la Paz del retablo de la catedral murciana.
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