Su cuerpo estaba en la boda, y con los ojos en el teléfono, su cabeza en Ibiza. Y no porque acabara de volver de sus vacaciones en la isla, sino porque hoy juega su (nuestro) Real Zaragoza. Se consuela siguiendo el partido desde el móvil y celebrando a distancia cada gol, mientras deja al descubierto, en su espalda, una declaración (como ha oido en la ceremonia a los novios) de amor y fidelidad inconfundible: el escudo del león.

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