




En un año en que solo nos falta
una ceremonia para cumplir con el título de una de las películas que popularizó
a Hugh Grant, cada vez que entramos en la iglesia de San Cristobal de Comillas
nos acordamos de otra boda, aunque esta no aconteció, y” los primos” terminaron
celebrando veranos pasados. Desde este año a los que entran a la iglesia habrá
que recordarles que es la de la película “Primos”, pues recientemente se ha
llevado a cabo el montaje de un nuevo retablo.
Los retablos barrocos originales
de la iglesia de San Cristóbal fueron destruidos durante la Guerra Civil y
durante décadas las paredes del templo quedaron encaladas y desnudas. Como
solución temporal, el presbiterio pasó a ser presidido únicamente por una gran
cruz de madera, que es la imagen que todos tenemos en la cabeza, hayas entrado
alguna vez o la vieras en la película.
La enorme cruz se ha retirado
para dar paso a la instalación de un nuevo retablo para que, según dicen unos y
argumentan otros, devuelva parte de la dignidad y el aspecto histórico al altar
del templo.
Mira que me gusta el arte
religioso, pero me sigue sorprendiendo que se sigan realizándose obras nuevas
con la estética del pasado, cuando la propia iglesia, a lo largo de la historia
siempre ha estado en la vanguardia del arte. Recurrimos a la prensa para ver
como se ha fraguado y el debate patrimonial y social en torno a la recuperación
de los retablos en la iglesia de San Cristóbal de Comillas ha sido complejo.
Mezcla la dolorosa pérdida de su identidad histórica, la burocracia
institucional y las discrepancias sobre los criterios de restauración
artística.
El Gobierno de Cantabria comenzó
a estudiar trasladar parte de los
retablos históricos almacenados en la antigua Universidad de Comillas. Quienes
lo defendían sostenían que era la manera perfecta de "matar dos pájaros de
un tiro". Por un lado, se devolvía la dignidad perdida a la parroquia del
pueblo con piezas de gran valor. Por el otro, se garantizaba la conservación de
unas obras de madera policromada que corrían riesgo de deterioro por la humedad
estructural que arrastra el complejo del Seminario.
Historiadores y defensores del
patrimonio del Seminario se opusieron firmemente. Argumentaban que desvestir
una joya arquitectónica como la iglesia del Seminario Mayor para vestir la
parroquia era un "desarraigo patrimonial". Defendían que cada obra de
arte fue diseñada para su espacio original y que la solución debía pasar por
restaurar el Seminario en su totalidad, no por desmembrar su colección mueble.
Las autoridades y el obispado
optaron por una vía alternativa: la instalación de un nuevo elemento de retablo
adaptado al espacio y la retirada de la antigua cruz.
Esto tampoco estuvo exento del
dilema habitual de la restauración moderna (en Zaragoza nos hemos quedado sin
recuperar la Torre Nueva): ¿se debía construir una réplica historicista (un
falso histórico que imitara el barroco perdido) o una estructura contemporánea
que dialogara de forma moderna con las paredes desnudas? Finalmente, el
proyecto ejecutado por los equipos de conservación ha buscado un equilibrio
respetuoso para devolverle al altar mayor la escala y el peso visual que
demandaba la arquitectura barroca de San Cristóbal.
Y si la iglesia nos recuerda a
los primos, el sitio donde nos colocamos en la playa nos recuerda a Inma
Cuesta.