Ella se sentó sin pedir permiso.
La silla de hierro estaba fría, y si fuéramos poetas diríamos que el bronce de
Gerardo Diego parecía aún caliente del café que acababa de tomarse hacía casi
un siglo. Pero no, la estatua está abrasando del tórrido verano que estamos
pasando. Volvemos al relato: Se sentó frente al poeta que todos los días espera
que alguien se detenga mientras lee “Soria. Galería de estampas y efusiones”.
Y es que la silla vacía invita a
compartir su lectura, y así en la mesa podemos leer: "Poetas andaluces
que soñasteis en Soria un sueño dilatado: tú Bécquer, y tú Antonio, buen
Antonio Machado que aquí al amor naciste y estrenaste las cruces del dolor, de
la muerte...desde el cántabro mar también, como vosotros, subí a Soria a soñar"
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