Para los cientos de personas que
abarrotaban las naves alrededor de la Santa Capilla, este momento, tras “la
Novena” del día 11, genera una de las atmósferas de mayor fervor, recogimiento y emoción
contenida de todo el año en torno a la Virgen del Pilar.
El gran órgano de la basílica hace
vibrar los cimientos del templo con los primeros y familiares acordes del himno
provocando que los presentes, al unísono, rompan a cantar:
«Virgen Santa, Madre mía, luz
hermosa, claro día...»
No importa cuántas veces lo hayas
escuchado. Miras a tu alrededor y ves lágrimas contenidas, caras de emoción,
hombros que se estrechan y miradas de profunda gratitud clavadas en la columna
sagrada.
«Este pueblo que te adora, de
tu amor favor implora y te aclama y te bendice abrazado a tu Pilar...»
No es solo un himno; es el abrazo
de una tradición colectiva en la víspera del día del Pilar que hay que
preservar porque la gran mayoría de los asistentes que sostienen el canto del
Himno a la Virgen del Pilar, año tras año, se están haciendo mayores.

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