jueves, 15 de octubre de 2026

ESTAMPAS BATURRAS: El maratón de peñas


“Dando guerra desde 1978”. El chaval, que debe ser aspirante a peñista adulto, pues, como si fuera de paisano, ahí va sin pañoleta ni tocinera, sujeta el mástil con las dos manos, haciendo méritos, como si llevara el alma de la peña. Detrás, una marea de peñistas, con sus uniformes de gala, camisetas blancas y pañuelos azules avanza al ritmo que marca la charanga: trompetas desafinadas de puro entusiasmo, bombo que marca el paso de una procesión profana, y canticos que se mezclan con las risas.

En las Fiestas del Pilar las peñas le roban a la gran ciudad su aire de capital y la convierten, por unos días y a ratos, en un pueblo enorme. Y la gente se para, se une, se deja arrastrar. Un grupo de adolescentes se engancha al final de la fila y empieza a corear lo que la charanga esté tocando. La charanga es el corazón. No es orquesta sinfónica ni música de escenario. Toca pasodobles que saben a verbena y jotas que se convierten en canciones de marcha. Ahí va Santiago, megáfono en mano cantando “la palomíca” y “los labradores”. O esos temas que solo existen en la peña y que nadie más entiende, pero que todo el mundo termina cantando.

Pero tambien suena el “Despechá” Rosalía, el “Quedate “de Quevedo, ”Mi gran noche” de Raphael o “la bulería” de Bisbal…


 

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