Nos privan los carteles luminosos con nombres de otra época. Ya nacen pocos "luises", y mucho menos con ganas de poner tal nombre a un negocio. Todavía quedan relojerías, pero cada vez menos los que llevan reloj. Los barrios populares aun conservan joyas de este tipo. El rótulo colgaba torcido, como
si el tiempo también hubiera pasado por él sin pedir permiso, testigo de
décadas de prisas y esperas.
El relojero ajustaba correas,
cambiaba pilas y, de paso, arreglaba recuerdos. Afuera, el barrio cambiaba los
rótulos de nombres y de acentos, pero el cartel seguía ahí, resistiendo como un
faro antiguo.

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