Serviría la carta de 2025 para explicar lo acontecido en la noche de este Miércoles Santo. Hasta la foto que la encabeza es prácticamente la misma. Y es que, como hace un año, esperábamos una noche muchísimo peor a la que hemos tenido. Frio ha hecho, pero la intensidad del viento nos ha dado una tregua tras unos día soplando con una fuerza que hacía difícil el discurrir de las procesiones o incluso plantear suspensiones.
Si en esta noche hubiéramos tenido el viento sufrido desde el Sábado de Pasión, la procesión de los Siete Dolores barajaba diversas posibilidades alternativas en el recorrido, incluso se tenía apalabrada la entrada en la Seo para concluir ahí la predicación de los dos últimos "dolores". También, de haber llegado al encuentro, se habló de intercambiar la posición del paso de la Dolorosa con el de Jesús Camino del Calvario, para que el de la virgen ofreciera el manto de cara a la dirección del viento. A nada de esto se tuvo que recurrir, y todas las procesiones, las ocho que acostumbran a hacerlo en Miércoles Santo, pudieron discurrir con normalidad absoluta. Desde Miralbueno o el Arrabal, por la Magdalena o el barrio Oliver, saliendo de basílicas como el Pilar o Santa Engracia, o de los más hermosos templos barrocos de la ciudad como San Felipe y San Cayetano.
Esta carta siempre queda limitada a lo que uno vive bajo el tercerol. Démosle contenido contando que la Dolorosa adelantó su hora de salida a las 21 horas pues presentaba cambios en el recorrido al querer realizar el IV dolor, y no el VI, en la plaza de Santa Cruz, junto al edificio donde se originó la Sección de la Virgen de los Dolores en 1938. Lógicamente esto implicaba tener que esperar en la calle Alfonso el paso de la Humillación, fiel a sus horarios de años anteriores. Y poco más te puedo contar que no vieras o no sepas ya.
En el pregón se dijo que las
tres edades representadas en el misterio de la Exaltación de la Santa Cruz que acompañaremos mañana, simbolizan el paso del tiempo y la fragilidad de la
vida. Pero también nos recuerdan a nosotros, cofrades, que lo hemos sido en las
diferentes etapas de nuestras vidas, dando lo mejor de nosotros cuando éramos niños, adolescentes, jóvenes, adultos, haciéndonos cada vez más mayores. Y compartiendo como hoy con otros niños, jóvenes, hombres y mujeres de diferentes generaciones. Posiblemente, cuando llevas más de cincuenta años participando en la procesión de esta noche, no haya en el año un momento que no te devuelva, que no te confronte con ese paso del tiempo, con esa fragilidad aludida.
Porque al principio todo era
asombro. Era la ilusión de ponerte el hábito, de ceñirte el cíngulo, de
colgarte la medalla, aunque odiaras la gola y la pequeña vela que llevabas en la mano porque querías el incensario. Sentir el peso solemne de aquello
que no terminabas de comprender, pero que sentías como algo grande. Llegan los
años en los que empiezas a entender, a mirar alrededor, a descubrir que la
procesión no es solo un recorrido, sino una forma de compartir esfuerzos y
creencias.
Más tarde, sin darte cuenta, te
conviertes en quien guía, en quien acompaña, en quien explica a otros lo que un
día te explicaron a ti. Y todo cambia de nuevo: ya no solo participas, sino que
sostienes. Ya no solo sientes, sino que recuerdas mientras sientes.
Con los años, la mirada se vuelve
distinta. Más serena, quizá más consciente de lo efímero. Cada procesión, cada
rezo de “dolor”, cada instante tiene un peso diferente, como si sumaras todos
los “encuentros” anteriores. Y entiendes que la procesión no es la misma,
porque tú tampoco lo eres.
Y, sin embargo, hay algo que
permanece. Algo que te une al paje del incensario, al adolescente que soñaba con
redoblar la lenta, al joven que quería ser jefe de tambores, al adulto que
aprendió a comprender. Una misma emoción que atraviesa el tiempo, que se
renueva cada año y que te recuerda que, aunque todo cambie, hay cosas que
permanecen.
Tal vez por eso, cuando cada año
sales de San Cayetano, no solo haces procesión por las calles de siempre.
Caminas también por tu propia vida con el sentimiento de haber estado siempre
ahí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario